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Crítica de Raúl González Tuñón; Catálogo Galería Arthea, 1964

Mensaje esencial de Domingo Onofrio
La trayectoria cumplida por Domingo Onofrio en la ahincada búsqueda de la síntesis expresiva y el lenguaje personal constituye una lección para algunos pintores maduros que han permanecido indiferentes ante las experiencias desprendidas de las más importantes escuelas o movimientos artísticos de los últimos tiempos, desde Cézanne hasta Picasso, digamos, y para algunos jóvenes seducidos por la prédica de Romero Brest -uno de los halagadores del gusto de los snobs por todo lo que sea “excitante”, espectacular, aunque inconsistente- y quienes, por querer ponerse a la moda suelen quedarse súbitamente anticuados, como lo previó el incisivo Oscar Wilde. Y esto va por la no figuración absoluta, en gran medida ganada ya por la propaganda comercial; el informalismo de la materia por la materia y un pseudo nuevo realismo confuso y violento por la forma y de un contenido que, sin definir claramente el destinatario, frustra cualquier intención crítica, de denuncia. Todo ello y su secuela constituye una artesanía fácil y conformista en el fondo. Estos “revolucionarios”, al ganar los museos, los salones promovidos por empresas privadas, etcétera, la Academia, en fin, han descubierto su carácter inofensivo, el revés de la trama... 
Domingo Onofrio, en un momento de su atenta indagación, se ejercitó y experimentó en las serias disciplinas de valor permanente del cubismo de la época creadora. 
De este método derivó su sentido severo de la construcción del cuadro, el descubrimiento de nuevos ángulos de visión, hacia un realismo decantado, sin hojarascas y siempre coherente; evitando la frialdad en que a veces se cae cuando se trata de fórmulas demasiado rígidas, más de laboratorio que de taller. Procuró y procura una más cálida comunicación, sin concesiones ni a lo bonito ni a lo sórdido porque sí, ni al preciosismo decorativista ni a las manifestaciones por los recursos extrapictóricos, por demás convencionales, del manoseado arsenal de los deshechos. Trata la materia dándole un puro valor funcional, dotando al cuadro de un contenido que elude la simple atracción anecdótica y logrado así un lenguaje actual por la manera en cómo lo dice y por lo que nos dice. No subordina el color al dibujo, la técnica al tema, o viceversa. Una evolución lógica y lúcida ha dado perfiles esenciales a ese lenguaje. 
Creemos oportuno recordar -como hace pocos días, a propósito de la retrospectiva de Hércules Solari- aquello de Picasso: “Un cuadro no se termina nunca de pintar”... cuando agregábamos: “...entendiendo que al pasar los años y cambiar en algún sentido la sensibilidad de las gentes y varíar las interpretaciones, nada de lo que significó una inquietud y fue logrado plenamente en su hora pierde vigencia, modernidad”. Y asimismo, en el caso de Onofrio, aunque cuadros suyos que comentamos con mucha anterioridad difieran por detalles de fondo que corresponden a esta etapa del proceso del pintor, no desmerecen ante los últimos, consecuencia de aquéllos. Hay una base común de sustentación que participa de la presencia del contorno, de aspectos del medio social, de consustanciadas raíces líricas y de humanismo recóndito. La misma actitud poética ante la vida y el mundo se traslada a la obra a través del oficio, la sensibilidad, la imaginación del artista -quien ha continuado indagando, es decir, caminando hacia el futuro-. Precisamente he vuelto a ver junto a las últimas, algunas piezas que corresponden a pasados períodos, en su casa de Banfield, la misma que habitara el abuelo materno de los dos pequeños hijos del pintor, el inolvidable Abraham Vigo, siempre vivo en la luz de ese entrañable pueblo del sur. 
Todo es esencial en la obra de Onofrio; formas, color, línea, el limpio juego de las composiciones, en alarde de técnica sobria y penetrante. Y he aquí otro artista que ha sabido lograr la armonía de los elementos realistas y los rasgos abstractos puros, signo de las épocas, visible en tantas obras ejemplares de auténticos modernos de todos los tiempos: esa delicada y difícil conjunción que rechazan los no figurativos a ultranza y no comprenden los sectarios divagadores o mal informados, quienes se hacen un lío con la palabra abstracto... Nuestro amigo es un hombre que sabe, como sabía Rilke, que todo creador es un solitario, más eso no quiere decir incomunicabilidad, la tan cacareada incomunicabilidad que a veces oculta cobardía y a veces indiferencia, o mera pose literaria, lo cual hace todo más fácil. Solitario, pero en el acto de crear -cuando tantos improvisadores han olvidado que existe la intimidad del taller y su larga paciencia- pues previamente ha “contemplado el mundo”, atento al momento vivido, no servil de la realidad sino nutriéndose fundamentalmente en ella. Y vive y actúa en el siglo vislumbrado por Baudelaire, el precursor, a través de la frase que transcribimos en nuestro artículo sobre Tristán Tzara y es preciso repetir aquí: “Llegará el siglo en que la acción sea hermana del sueño”. Y decir Domingo Onofrio es decir la tierra y la nube, las realidades y los sueños.