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Crítica de César Magrini; Exposición Galería Wildenstein “25º aniversario de 1ª expo”, julio de 1979

Testimonio de soledad y de soledades
A la manera de Góngora en sus poemas, el protagonista de las más recientes telas de Domingo Onofrio parece estar viniendo de sus soledades, para volver prontamente a ellas. En estas ráfagas de presencia, de las que quedan huellas en cada una de las obras, el caballero -yelmo y armadura que quizás no recubran otra cosa que la caducidad y la muerte- vive su cotidiana aventura de agonizar, de morir, de renacer cada vez. Soledad sonora la suya. Soledad visual. Soledad tangible. Prolongada en el paisaje que lo rodea, que lo penetra, que lo acosa y que concluye por asediarlo sin darle tregua. El caballero entre árboles que son como vibraciones de su alma (¿la tiene?), patético entre muñecos y entre fantoches (¿sus únicos contrincantes, ahora?), jinete sobre un desvencijado, ruinoso caballo enano (¿así han sido sus victorias?) o duplicado, inmóvil, tenso sobre una rama, inútil anhelante ave de presa (¿ése es su ilusorio, su vacío botín?). No se piense que me detengo en la anécdota por considerarla fundamental en pintura. Lo es y no lo es. Pero sucede, por una parte, que siempre se manifiesta el tema, aun en aquellas escuelas o corrientes que dicen rechazarlo, y por la otra, ese tema es el “leit-motiv” de la serie que Onofrio presenta, un subterráneo indicio de coherencia, algo así como la sucesiva y simultánea representación de la idea platónica, inamovible en su esencia, sólo mudable en lo que tiene de existencial. Probablemente el símbolo de esta pintura -un escalón más, hacia arriba- resida en su voluntad, consciente o no, de re-presentar (así, separado) el aislamento del hombre contemporáneo a través de una evocación que escapa a la lógica. No a la del creador, que cada vez inaugura una propia, sino a la de la razón. Que no tiene porqué ser la del arte. Guerrero ilusorio, batallador de espejismos, en caballero en arnés que Onofrio ubica, de manera tan precisa, en un contexto de magia, no hace otra cosa, en el fondo, que entablar una insaciable lucha consigo mismo. Es la soledad sonora que quería Góngora. El hombre verdadero (no me atrevo a decir real, ya que no son sinónimos) es el que, difuso, extenso, significante de su propia amplitud, está fuera. Allí, tras las convexidades del metal, debajo de la complicada y fatal trabazón de las piezas de hierro, que se entrechocan con un sonido sordo y ominoso, yacen, ya casi polvo, los sueños que alguna vez sonó, aquél que quiso ser y no pudo, la fantasmagoría pensada por un huidizo espectro desde la hondura de ésta, su propia y cuidadosamente forjada tumba. 
Onofrio propone, tal vez sin proponérselo, una fenomenología del inconsciente de sabor estrictamente cotidiano. La máquina, emblema de nuestro siglo, o cuando menos de sus décadas más recientes, que reemplaza al hombre. La envoltura por el contenido. La sombra -esa soledad sonora de Góngora, otra vez- en lugar de su geografía de carne y hueso. Pero queda, para el rescate, para el torneo final, para enarbolar la espada del espíritu como único e ireemplazable pendón, el artista. Aquí victorioso. Claro que toda victoria exige una derrota. Y dolor, y tristeza. El caballero vencido no tiene mirada; sin embargo, compañeros de la congoja se adivinan sus ojos. No hay rasgos en él, pero el rictus de la amargura, filoso, está tallando sus labios. Condenado a la eternidad, no sabe qué hacer con ella. El pintor, en este caso también el poeta, llega al máximo de la elocuencia a través de un lenguaje despojado, también al máximo. Casi duele, por contraste, la luminosa alegría de algunos colores, en oposición -otra vez el duelo- con las sombras que amortajan al caballero. Lo que Onofrio está diciendo, en esta espléndida y arrebatadora pintura suya, es que la materia debe ceder el paso al espíritu. O que el espíritu ha partido ya de la materia, abandonándola. Pero ésta no puede olvidarlo. Como la morada que alguna vez albergó al más magnífico de los reyes -el creador- y que no se resigna a haberlo perdido, en tanto conserva el eco de sus pasos, el reflejo de su voz, el duro y esquivo encaje de su silueta. En estos cuadros, que sobrecogen con su espeso silencio, está, íntegro, el drama de nuestro tiempo: la despersonalización de la criatura, con exactas señales del precio que hay que pagar. Ya maestro -diseño, planos, contrapuntos tonales- en la perfección formal de estas obras, Onofrio responde cumplidamente a ese otro equilibrio metafísico que insinúan. Que se pongan cerrojos, trabas, pasadores al alma; ella sabrá, siempre, cómo escapar. Y quedará, como queda esta vez y en esta pintura, el indicio de su paso. La armadura. El recuerdo o la memoria. Soledad punzante, soledad que sufre, soledad que canta. Testimonio, por último, de un amor cuya grandeza, como lo decía Dante, “mueve el sol y las estrellas”. ¿Necesito expresarlo con otras palabras? Dios. En su búsqueda, hace ya rato que el caballero ha partido. Queda aquí, desorientada, perdida y hasta casi dulce como un niño, su armadura.