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Crítica de Osiris Chierico; agosto de 1974

Exposicion Galeria Nice
Para quien ha seguido la trayectoria de Domingo Onofrio y ha sabido traspasar la apretada urdimbre de su proceso, signada por mutaciones que fueron siempre la necesaria consecuencia de un espíritu inquieto e indagador, se hace claro el denominador común que la define: un apasionado diálogo con el misterio. Aún cuando su obra parecía centrarse en las preocupaciones formales, rigurosas, proyectadas desde la experiencia cubista, podía percibirse que la actitud de su lenguaje respondía mucho más a la lúcida necesidad de estructurarlo que a elección de una forma de proponer la realidad. Cumplidas las exigencias de esa etapa, valiosa sin duda en el conjunto de su producción, pudo Onofrio entregarse a la revelación de los territorios que su temperamento poético había poblado siempre. De aquellos pasos por el rigor, adicionó la solidez que habrían de adquirir sus imágenes, aunque éstas pertenecieran a una dimensión tan ambigua como suele ser la del sueño y la magia. Y así ha llegado a estos cuadros que integran su actualidad, una actualidad que pareciera paradojalmente referirse a un inquietante pasado a través de los laberintos, las ruinas en las que se encuentran activas huellas de cosas olvidadas, alguno que otro espejo conservando entre su azogue y su fatal reflejo el rostro de un rostro alucinado, la dolorosa desnudez de casas derruidas, soles que en un tiempo mítico acaso iluminaron circunstancias tremendas que pueden adivinarse en la misteriosa temperatura de su color, objetos olvidados rescatados de antiguas catástrofes, todo ese repertorio en fin, cuyo descubrimiento -o su invención- convierte Onofrio en milagrería casi siempre dramática, tal vez apocalíptica. De todo ello proviene la inquietud que suscita su narración, ya anticipada en obras suyas de otros momentos, que parecían no obstante preocupadas por objetivos más inmediatos. Pero sin duda mucho más presente en esta última pintura suya que de pronto podría reclamar como síntesis unos versos de Raúl González Tuñón, cuyo nombre ya uniera Onofrio a su obra: “La tristeza de súbito baja un telón de fondo/en el vasto recinto vacío que se acuerda/y en cuyo fondo insomne donde antes celebraran/sus inefables bodas las muñecas pintadas/corren los melancólicos anales del silencio.”